Para pensar el negocio

Cómo pienso los precios: costo, competencia y valor

Ponerle precio a lo que vendés no es solamente hacer una cuenta. También es decidir qué lugar querés ocupar y qué razones le vas a dar a alguien para elegirte.

En 2021, después de compartir un hilo sobre eCommerce, me llegó una pregunta que se repetía: «no sé si le estoy poniendo bien el precio a lo que vendo».

Es una buena pregunta. Porque el precio no es una decisión que tomás cuando arrancás y después dejás quieta para siempre.

Tres formas de mirar la misma decisión

En aquel hilo hablaba de tres formas de poner precios: a partir del costo, mirando a la competencia o pensando cuánto está dispuesto a pagar el cliente.

Mirar el costo te obliga a entender qué necesitás cubrir. Pero sumar un porcentaje no explica, por sí solo, por qué alguien aceptaría ese precio.

Mirar a la competencia te muestra las alternativas que tiene el comprador. El problema aparece cuando copiás el número sin saber si tenés los mismos costos, la misma operación o una propuesta comparable.

Y pensar en la disposición a pagar te lleva a una pregunta más interesante: ¿qué valor tiene esto para esa persona, en esa situación?

No elegiría una de esas miradas para ignorar las otras dos. Las pondría a conversar.

El valor también depende del contexto

El ejemplo que usé entonces fue un cerrajero. No representa lo mismo abrir una puerta a las dos de la tarde que resolverle el problema a alguien que se quedó afuera a las tres de la mañana.

No cambia solamente la tarea. Cambian la urgencia, la disponibilidad y lo que esa solución significa para quien la necesita.

En un negocio, entender ese contexto ayuda a dejar de describir únicamente el producto. ¿Qué le resolvés al comprador? ¿Qué esfuerzo le evitás? ¿Qué incertidumbre le sacás?

Eso no vuelve irrelevantes los costos. Te ayuda a entender por qué el comprador puede ver algo más que el costo de fabricar o entregar lo que vendés.

Si cobrás más, necesitás explicar la diferencia

Si tu precio es parecido al de otras opciones, necesitás desempatar. La atención, la claridad de la información, las fotos y la confianza que transmite el negocio pueden formar parte de esa diferencia.

Si cobrás más, la pregunta se vuelve todavía más importante: ¿por qué alguien pagaría esa diferencia?

Decir «somos mejores» no explica mucho. ¿Qué cambia en la experiencia? ¿Qué recibe la persona? ¿Qué problema resolvés de otra manera?

La diferencia tiene que existir, poder explicarse y cumplirse después de la compra.

Ser barato también exige un modelo

Vender con poco margen puede exigirte mucho volumen. Y mover mucho volumen implica una operación capaz de acompañarlo.

Por eso, antes de bajar el precio, miraría qué tendría que pasar para que esa decisión funcione. ¿Cuántas ventas adicionales necesitás? ¿Podés atenderlas? ¿Qué queda después de los costos?

No se trata de que competir por precio esté siempre mal. Se trata de no elegir esa estrategia sin entender lo que te exige.

Revisá la decisión, no solamente el número

Si la gente no compra, el precio puede ser una explicación. También puede pasar que no se entienda la propuesta, que no confíen en el negocio o que estés llegando al público equivocado.

Y que alguien compre tampoco demuestra que encontraste el mejor precio posible.

Mi punto es este: el precio tiene que conversar con el valor que ofrecés y con el negocio que podés sostener. Si mirás una sola de esas partes, la cuenta queda incompleta.